Crónica de una semana perdida

No pretendo con este artículo justificar estos días sin actividad en el blog que no han sido de asueto, precisamente. Pero espero sirva para entender lo que tantas veces me exaspera de Linux y lo que posiblemente aleje a muchos usuarios de él. Sé que me había marcado el objetivo de no seguir saltando de distribución en distribución, salvo caso de fuerza mayor y que incluso pretendía volver a usar Windows como sistema principal. Ambas cosas, siendo honestos, no me las creía ni yo mismo. Pasen y vean:


Sábado 20: Arch, Catalyst y xorg… otra vez
Andaba yo tan contento con mi Arch Linux, sistema que solamente actualizaba una vez por semana sin incidencia alguna hasta que… échense a temblar, toca actualización de xorg-server a la versión 1.13. La última vez que xorg-server avanzó de versión se me fastidió el sistema, de modo que leí y releí en los foros. En principio decidí retener la antigua versión por si acaso, pero me pudo el ansia y la “versionitis”, amén de ese malestar ocasionado por tener que andar preocupándome por estas cosas (retener paquetes, actualizar a trozos, etc.).

El resultado no es difícil de adivinar: tras actualizar xorg-server y Catalyst, encuentro que ambos son incompatibles de nuevo. No sé qué fue lo que toqué, pero a pesar de volver a la anterior versión el entorno gráfico se negaba a arrancar. Otra de esas veces en que una actualización estropea en lugar de mejorar, o para ser exactos, otra de esas veces en las que un manazas se carga un entorno funcional con Arch. La diferencia estriba en que, en esta oportunidad, me había documentado y a pesar de eso, no hubo ningún cambio en el resultado final. Tal vez no tengo ya la paciencia o habilidad suficientes para lidiar con Arch Linux. Hora de saltar.

Domingo 21: Debian, te necesito
Se me ocurre entonces pensar en la última distribución que duró más o menos el tiempo que Arch en el equipo. Siempre he sido un enamorado del sistema de repositorios de Debian, esto no es ninguna novedad, así que me lío por mil-millonésima vez (en mi tierra exageramos así) la manta a la cabeza y me introduzco de lleno en el apasionante mundo de la espiral carmesí. Con Gnome 3, incluso. La instalación va bien (uso una imagen netinstall) y apunto a Testing. Descarga de un montón de paquetes, configuración de algunas cosillas y ya tengo a Debian funcionando.

El proceso de adaptación a Gnome 3 no iba mal, la verdad, en su versión 3.4 lo encuentro algo más estable. No termina de gustarme el tema de la no minimización de las ventanas, pero es un tema menor. Además, las extensiones lo hacen medianamente usable e incluso productivo. Todo parecía ir bien… hasta que se actualiza al final del día (“¿Testing no estaba congelado?”, me pregunto). No tengo respuesta, el caso es que tras acometer la actualización… pantalla negra al iniciar. Tremendo dejá-vu y sensación, muy real, de haber perdido todo el domingo para nada.

Lunes 22: Ubuntu, mi (pen)última esperanza
Comienzo a barruntar la idea de ser escrupulosamente fiel a lo escrito en el blog y volver a Windows. Sé que no sería plato de buen gusto, pues me he acostumbrado a trabajar con Linux y a su filosofía y forma de hacer las cosas. Recuerdo al compañero visesen y su reflexión. Tal vez haya que volver a los orígenes, es buen momento para probar Ubuntu, eso sí, la versión LTS, pues las otras suelen dejar bastante que desear. Instalo Ubuntu Precise y me dispongo a intentar acostumbrarme a Unity. Casi lo consigo, de no ser por las numerosas interrupciones causadas por toda clase de programas que terminan con aquello de “Ubuntu encontró un error”. Si una versión LTS, con seis meses ya de vida, es tan tremendamente inestable, algo debo estar haciendo mal.

Quizás se deba al pobre desempeño de estos entornos con los dichosos drivers Catalyst, el caso es que no termina de cuajar la relación. Abandono a Ubuntu tras un tercer día de configuración baldía. Estoy a punto de tirar la toalla.

Martes 23: ¿Por qué no Manjaro?
El cuarto día comienza con la idea de apostar por una derivada de Arch, ya que había probado Manjaro recientemente con resultados esperanzadores. Tras leer que la distro de origen alemán maneja de distinta forma los drivers gráficos veo una buena oportunidad de tener Arch sin las molestias causadas por dichos paquetes. Manjaro se instala fácilmente, se actualiza con más de 500 Mb de paquetes (usé la iso de la 0.8.1) y tras tocar y retocar consigo dejarla más o menos a mi gusto, pero…

El problema aquí soy yo y mi escasa flexibilidad a la hora de adaptarme a XFCE. El simple hecho de cambiar la hora del sistema me lleva un buen rato de búsqueda entre los menús. Es lógico encontrarse algo perdido con tanto cambio de escritorio y de sistema, pero XFCE siempre que lo he usado me ha dado buen rendimiento a expensas de “algo” que encuentro a faltar. Y ese “algo” sigo sin hallarlo. Termino el día contento con Manjaro pero insatisfecho con XFCE, de modo que me planteo instalar, sobre este sistema, un Gnome. Dejo a KDE fuera de la ecuación, llevo mucho tiempo usándolo y deseo descansar un poco y probar otros sabores.

Miércoles 24: Gnome, ¿por qué tuviste que cambiar?
Día número cinco de esta locura de semana. Instalo Gnome 3 en Manjaro, en principio sin atreverme a eliminar XFCE por si algo sale mal. Montones de paquetes y de actualizaciones se descargan y comienzo a configurar todo otra vez. Tras la ardua tarea, llegan los pequeños detalles (“The Devil is in the details”, dicen los angloparlantes, no les falta razón). Cosas como no poder hacer uso de ningún cambiador automático de fondo de escritorio, a los que Gnome ignora por completo, o no encontrar un applet meteorológico de mi gusto. Tonterías que, conociéndome, sé positivamente que no iba a conseguir sobrellevar. Con lo que a mi me gustaba Gnome 2, está claro que nunca me acostumbraré a esto… soy un viejo dinosaurio en mis hábitos informáticos, qué le vamos a hacer.

Mucha gente por ahí fuera alaba las virtudes de Cinnamon como solución para las incomodidades de Gnome 3. ¿Por qué no probar? Total, tras tantos cambios lo único que puedo perder es un nuevo día. Dicho y hecho, el miércoles fue también el día en que descubrí que Cinnamon (lo probé en Manjaro) es, en efecto, menos chocante que la shell de Gnome, pero en ciertos aspectos se deja modificar tan poco como esta última. Los extraños flashes que aparecen de cuando en cuando me resultaron muy molestos. Acabé la jornada convencido de que este tampoco era el camino.

Jueves 25: MATE, lo más parecido a lo que busco
El as en la manga que me quedaba por sacar en mi instalación de Manjaro se llama MATE. Estuve un tiempo usando una excelente implementación del heredero de Gnome 2, en concreto en LMDE. También quedé bastante satisfecho con la revisión de Linux Mint Maya, de manera que había que intentarlo. MATE en Manjaro instala un entorno totalmente somero, “vanilla” en terminología inglesa, pero con los consabidos retoques se obtiene un buen resultado. Logré, tras otro día, un sistema funcional, rápido y de mi gusto. Creí haber encontrado, por fin, un nuevo hogar linuxero. Las pequeñas cosas que no andan en MATE no me disgustaban tanto como en los otros entornos, y me refiero a varias aplicaciones que aún no han sido portadas y siguen intentando comunicarse con Gnome en lugar de con MATE. Por poner un ejemplo, el cambiador de fondos de escritorio tampoco funcionaba por mucho que me esforzase en configurarlo. Pero, como ya digo, estas nimiedades no me importaban tanto al lado de la funcionalidad y la estética muy de mi gusto.

Viernes 26: Manjaro y Catalyst: catacrac otra vez
La felicidad es efímera en las tierras ATI del mundo Linux. Mi Manjaro con MATE, que estaba ya bien configurado y preparado para durar como sistema estable, se va a romper igual que su “madre” Arch, o más bien, parecido. El problema comienza, como no podía ser de otra forma, con una actualización de Manjaro. Al reiniciar noto unas pequeñas líneas negras parpadeantes que “adornan” la parte superior del escritorio. No es un problema achacable a MATE, ya que hacen su aparición ya en LXDM, y además no ocurren siempre, pero sí en un ochenta por ciento de los inicios al sistema. Este nuevo fallo hace colmar el vaso de la paciencia con Catalyst y me dispongo a abrazar la fé de los drivers libres aunque obtenga peores resultados y no pueda ni poner en reposo la pantalla… que ya de por sí, manda narices. Pero el hartazgo era ya tal que decidí pasar eso por alto.

Manjaro incluye una herramienta llamada mhwd que nos da una lista de los drivers gráficos disponibles para nuestra tarjeta y nos permite instalarlos, ya sean libres o privativos. Atendiendo a la documentación, la instalación de uno de ellos elimina el otro… pero resulta que no. Me encontré con un sistema en la que ambos drivers coexistían, mala cosa. El resultado es el mismo de siempre, no se inicia el entorno gráfico y, para colmo, si pretendo eliminar el driver privativo me insta a desinstalar el kernel… Mamma mía.

Sábado 27: in Ikey we trust
“Estoy cansado de configurar, ¡solo quiero que todo funcione hoy!” Me descubrí a mí mismo en el punto álgido de cabreo y hartura con todo lo relacionado con AMD/ATI, los dichosos drivers, e incluso Arch. Tras una semana entera de tiempo perdido, habiendo configurado hasta la saciedad lo mismo una y otra vez en varios sistemas me tiro de cabeza a por la estabilidad, el soporte de larga duración y los programas de casi dos años de antigüedad que me ofrece Ikey Doherty en SolusOS. Después de todo, los “carrozas” informáticos somos así: reacios al cambio. El momento de identificarme como ex-gurú de la terminal, si es que alguna vez lo he sido, es ahora. Quiero las cosas fáciles y la estabilidad rocosa, a ser posible con Gnome 2 o algo parecido. Y la respuesta es SolusOS.

La última vez que fui usuario de la distro la dejé, si no me falla la memoria, por versionitis de determinados programas, como Cheese, con el que le gustaba juguetear de vez en cuando a mi hijo de cinco años y echaba en falta los nuevos efectos. En Linux, como en tantas cosas de la vida, no se puede tener todo. El precio a pagar por la estabilidad es usar algunos programas algo más antiguos (siendo esto muy relativo, hay gente que sigue usando Windows XP después de más diez años y no tiene ningún problema con ello).

Así que, de momento, me quedo con lo que Ikey me ofrece. No tengo duda alguna sobre su talento, sí albergo alguna sobre el futuro de SolusOS si no encuentra apoyo financiero o, en su defecto, colaboración en su titánica tarea. Mantener y mejorar una distribución durante la tarde/noche mientras uno se ha pasado el día tratando de asfaltar carreteras del Reino Unido no debe ser nada fácil. El mérito del señor Doherty no es poco. Aprovecho la ocasión para dejar clara mi admiración por Ikey y por Yoyo Fernández, cuyo contagioso entusiasmo no hace sino empujar a SolusOS hacia arriba.

Para terminar esta crónica de lo absurdo que puede llegar a ser uno mismo como para perder toda una semana de su vida en instalar y configurar sistemas operativos, quisiera que todo lo anterior se tomara en clave de humor. Me refiero a que nada hay en estas líneas del agobio y malestar de los momentos de distro-hopping que relataba en anteriores artículos. Me lo tomo con filosofía y punto, parece ser que cuando no es uno mismo quien desea saltar son las circunstancias las que lo empujan a hacerlo. Dos puntualizaciones:

1 – Todas las distribuciones que aquí se citan son buenas y perfectamente funcionales en otros entornos. Que a mí me den problemas o yo no me acostumbre a ellas es algo subjetivo y puntual.

2 – Absténganse de usar AMD/ATI en Linux, en la medida de lo posible. En serio, es lo que los ingleses llaman PITA y en mi tierra, un grano en el culo. Horripilante.

Y con esto termino las referencias al idioma de Shakespeare por hoy. Y el artículo, que ha quedado un poco tocho. Próximamente iniciaré las revisiones de la familia *buntu. Un saludo a todos.

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